miércoles, 24 de octubre de 2007

Gustaff Adolf Hill





Conocí a mi hermanito Gustavo Adolfo en el escenario. Por supuesto era él quien estaba en el escenario, yo me encontraba entre el público que lo escuchaba, embelesado y con baba corriendo por la comisura de los labios, tocando el cuatro. Hasta afinando el cuatro destila virtuosismo. Para nadie es un secreto que mi oído es muy fino y reconoce a un virtuoso cuando lo ve, es decir, cuando lo oye. En aquel entonces acababa de regresar de mi largo y duro exilio europeo, por lo que esa música era otra razón de vida para quedarme en mi terruño. Esa misma noche Karla Orence nos presentó. Nos lo encontramos casualmente en la Plaza e la Muñeca (a) “Plaza de la Libertad”, donde bebía con una gente cervezas (Regional, of course) compradas en una de las casas que circundan tan emblemático lugar. Más maracucha la vaina y me pego un tiro. Por supuesto, hechas las presentaciones de rigor, empecé a jalarle bolas y a felicitarlo por ese concierto que tanto me había alegrado la vida. En esos pretéritos tiempos aún no estaba empatado con Lola (en aquel entonces Lola sería menor de edad), por lo que era un ser hosco, salvaje y más odioso quer coño, pero qué no le perdono yo a un virtuoso de esa talla, que además bebe en la Plaza e la Muñeca con el pueblo mesmo. Le metí conversa con John Dowland, uno de los autores que tuvo la suerte de ser interpretado por él aquella noche, porque pa pedante yo. El muy mardito contradijo todo lo que yo dije con argumentos medio chimbos y traídos por los pelos. Se aprovechó de que, a la hora de la verdad, quien había tocado al susodicho autor era él. Pa triodioso, él.
Como recién llegado que era en ese entonces, le conté emocionado a todo el que me encontraba, que había estrechado las virtuosas manos del maestro Colina. Siempre me respondían “yo conozco a ese carajo” y acto seguido lo alababan y trataban de buscar un nexo especial con él. Que si es compadre de mi hermano, que si su mamá es prima hermana de una tía de mi mujer, que si es mi pariente. El que se pasó de maraca fue mi compadre Daniel, que me dijo sin ningún tipo de pudor que eran hermanos de crianza y que Israel le pedía la bendición a Maíta. Yo, pa que la gente crea eso mismo, me refiero a él como Gustavo Adolfo. Este recurso es, lo reconozco, barato y trillado, pero no es menos cierto que la cabeza no me da pa más.
Una vez en el antiguo Capirugente Israel y Gustavo Adolfo me hicieron el honor de invitarme a su mesa y conociéndome seguro que me invitaron una cerveza también. Israel me preguntó “¿Teto, a vos qué te parece el trabajo que realizó Gustavo en la dirección de cultura de la alcaldía?” la pregunta fue hecha con una entonación y un énfasis que sonó a algo así “Señor Alberto Carlos Bustos, ¿Qué opinión le merece a usted la labor desempeñada por el ciudadano Gustavo Adolfo Colina al frente de la Dirección de Cultura de la Corporación Alcaldía de Maracaibo?”, no se me les olvide que pa odioso yo, así que le contesté: “Una cagada”. Israel peló los ojos, se puso serio y sacudió la cabeza. Gustavo Adolfo se cagó de la risa y me preguntó: “Ajá, Teto ¿y por qué te parece una cagada?” No voy a decir aquí las razones que me llevaron a esa conclusión: lo haré en el próximo párrafo porque éste está muy largo y me le quiero afincar a Yian Carlo Trimardino.
La dirección de cultura de la alcaldía es un mamotreto que cumple horario de unas ocho horas diarias. En esas horas nunca se ha hecho nada por la cultura. Ahí, bajo el gobierno trimardítico organizan desfiles, arman unas carrozas, buscan una candidata pa cada concurso de cada feria de la ciudad y, por supuesto, el despilfarrador, de mal gusto, antiecológico y mayamero encendido de las luces de bella vista. Un virtuoso como Gustavo Adolfo debe, por el bien de la humanidad (y esto lo digo en serio), dedicarle por lo menos unas 25 horas diarias al cuatro, como ya lo hace El Kóyak con la venta de repuestos. Trimardino lo llama pa alejarlo del cuatro y zambullirlo en la mierda que es la burocracia municipal. Qué le cuesta a Trimardino mandarlo constantemente de gira internacional pa que se presente donde sea. A un virtuoso de esa calidad uno le paga hasta el pasaje de la jeva y los mete en un hotel arrecho, total, siempre deja “muy en alto el nombre de la patria”. No, Trimardino le ofrece un carguito de la burocracia pueblerina de Maracaibo. Qué de cojones, un virtuoso ejecutante de nuestro instrumento nacional detrás de un escritorio cumpliendo horario. Marditos todos. Por ese atropello en cualquier país civilizado meten a Trimardino preso por muy alcalde que sea.
La otra vez a mi hermanito Gustavo Adolfo le dio un patatú. Una verga muy fea y muy grave. ¡Muchacho! Esa vaina sí me dolió. Hasta lloré. Pensaba: tanto mardito que anda jodiendo, robando, asesinando… y no le pasa nada, todo el tiempo tranquilito; a mi brodercito que usa las manos para la paz, para el amor, pa transmitir vergas tan arrechas con el cuatro casi se lo lleva la pelona. Cuando su vida no corría peligro de muerte, los coños de su madre que al principio de este artículo se hacían pasar por parientes de él, decían ahora “pero nunca va a poder tocar…” Algo así como “te tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que no se muere de ésta y la mala es que no toca más”. Qué de arrecheras que cogí con esos marditos. Gustavo es una vaina y su virtuosismo es otra: su virtuosismo es, indudablemente, lo más importante. Yo sentía que me decían que era una lástima que se hubiera salvado en esas condiciones. Es lo mismo que invitar a un fotógrafo a una fiesta y decirle “pero te lleváis la cámara”.
Nadie crea que yo dejaba esa verga así. Cuando algún malayo me salía con esa yo le contestaba: “no, hombre, ese coño no tiene nada, ese supuesto patatú no es más que un truco publicitario pa vender un verguero e discos que tiene abollaos, yo hablé con él ayer en su casa”. La gente se arrechaba conmigo y quedábamos una a una, empate. Siento a veces que eso ayudó un poquito a que Gustavo Adolfo se recuperara totalmente. Siento que es así porque la vida es muy mardita y esa era la única manera de que pudiera decirle a los que estaban una a una conmigo, más odioso que nunca, “¿Te fijáis que no tenía un coño? ¿No te lo había dicho yo?”, era la única forma de lograr el desempate, una arrechera mía contra dos arrecheras de mis contrincantes. La vida es muy mardita, pero a veces es más.
El otro día, caminando por 5 e julio me lo encontré en una valla publicitaria y se me infló er pecho de orgullo: honor a quien honor merece, así venga éste de tendencia®. Claro, me ladilla un poco que la valla la quitaron, pero las de Trimardino, Guaky o Jenri Ramíres (a) Edi Mónster no solo no las quitan sino que las multiplican. Por ahí me dijeron que lo habían quitado por feo, pero se sabe que a pesar de eso no es contrincante ni pa Trimardino, ni pa Guaky ni mucho menos pa Edi Mónster en eso de la fealdad.
Verlo en la valla me alegró mucho, así que una vez tomadas las fotos (más malas que el carajo, pero en la peor salgo yo reflejado de pura casualidad, así que digo que es un autorretrato) sentí una voz jovitera que me decía: “Oj, y lo voy a pelar en er blog”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Demasiado maracucho y cómico! Bien por Gustavo! que se recuperó y nos sigue deleitando a nosotros y al mundo entero!

cristina dijo...

querido COMPère...como le extrano... revise su mail con urgencia q me faje poetizando...
besito.
la rossell menor (vos sabei la q se fue sin avisar)

Anónimo dijo...

Qué gordo está Gustavo que ni se le ve la cabeza.
Tenéis razón, el tipo es genial. Yo una vez vi como el cuatro sonó como un arpa, como si las cuatro cuerdas se hubieran multiplicado.

¡Saludos!