miércoles 25 de febrero de 2009

Recontrarrequetecuatrimegamardisionistas

Durante mi largo y árido exilio en eslavas tierras compartí el cuarto que tan amablemente me cedían los polacos con un palestino. Aclaro que la amabilidad era también con Waleed (que se pronuncia Ualid) porque se trataba de una habitación para dos personas, sólo que solo vivía antes de la llegada de Waleed y la amabilidad era conmigo solamente.

Waleed es un nombre muy común entre los árabes así que entre ellos lo apellidaban Shatila, porque mi pana Waleed venía de Shatila, un campo de refugiados palestinos en las afueras de Beirut, sitio donde se llevó a cabo una masacre de unas 6.000 personas (suena así muy coñoemadre hablar de “personas” cuando uno habla en realidad de 6.000 historias, con un millón de variantes cada una, de niños, mujeres, ancianos, 6.000 panas que estaban desarmados) los días 16, 17 y 18 de 1982. En esos días Waleed estaba refugiado ahí.

Él me contaba unas vainas que, a mí, que soy reconocido como un duro sin sentimientos ni corazón, me hacían llorar. Ese carajo no sabía lo que era comprar algo en la tiendita de la esquina porque en los campos de refugiados de la onu está prohibida cualquier actividad económica: uno se viste con la ropa que le da la onu, come la comida que le da la onu, es vacunado y atendido por médicos europeos en tiendas de campaña de la onu, en fin, mi hermanito Waleed estaba en aquellas latitudes becado por la onu. Les juro que la arrechera que le tengo a la onu viene de esas conversaciones.

En el sitio donde estudiábamos había gente de todo el tercer mundo, africanos, asiáticos, latinos y europeos del mundo “socialista”, pero entre cada raza se veía la lucha de clases: uno se daba cuenta de una vez quién era de plata en su país y quién no; quiénes eran los sifrinos y quiénes los pata en el suelo. Entre los palestinos, Waleed era de los más pela bola, pero tenía el aura del mártir porque durante la masacre fue herido en las piernas, así que los palestinos de la diáspora lo querían que jode y los que tenían más billetes le brindaban lo que él quería. Él nunca pedía nada ni aceptaba casi ninguna invitación a salir del edificio en que vivíamos. No recuerdo haberlo visto más de cinco veces, en el medio año que nos conocimos, en la calle. Es que ni la nieve, una vaina que embruja a todos los subdesarrollados y los obliga a tirarse en ella, tocarla sin guantes, probar a qué sabe y hacer una bola de nieve, lo hacía salir para la calle. Toda su vida había vivido en un barrio del que no podía salir, un barrio de la onu.

Desde el principio me hice muy pana de Waleed porque siempre he estado del lado de los palestinos. Uno que es chavista pre-Chávez se educó en su casa con simpatías hacia los palestinos por lo que apenas conocí a uno, mártir po añadidura, me hice muy pana del chamo, así que aprovechando esa amistad me hizo una proposición indecorosa: que le vendiera mi pasaporte por 2.000 dolaretes.

Les advierto que ésa era una cifra astronómica en aquellos años en ese y en cualquier país de Europa oriental por un pedazo de documento que en la embajada costaba, en el caso de los venezolanos, 80 verdes. Así que la pregunta obligada fue qué tenía de malo su pasaporte que ofrecía tan exorbitante suma por el mío. Me enseñó su pasaporte, un papel amarillo con muchos sellos y estampillas, con las huellas digitales de sus diez dedos, escrito en hebreo y que sólo le servía para viajar desde Polonia hasta Beirut. Sus planes eran viajar a Suecia con mi pasaporte y una vez allá pedir asilo político. Saqué mi cuenta: 1.920 dolarillos de ganancia y además participaba como cómplice de una acción en contra del sistema (tanto capitalista como “socialista”, porque la acción empezaba tras la cortina de hierro y terminaba tras la cortina de hierro, pero del otro lao); sin embargo había algo que no me cuadraba, así que regateé el precio ofrecido en los siguientes términos: mi pasaporte por los 80 dólares que me costaba en la embajada, pero me dejaban estar presente cuando lo falsificaran, y es que a mí con una de las pocas cosas que no me pueden comprar es con dinero. El documento amarillo de una página impreso por los dos lados que identificaba a Waleed estaba incompleto: le faltaba un sello, el sello de la ignominia. El sello de la onu.

Su respuesta fue un rotundo y escuálido NO, ante mi enmendada pregunta de por qué no podía estar yo, un insospechado de atentar contra la seguridad de nada ciudadano venezolano, de apena 23 años, respondió con un más escuálido NO es NO, es más, ni se lo iba a decir a los palestinos que eventualmente le financiarían el tan anhelado para él, justo es subrayarlo, pasaporte, que eran unos carajos con cobres que vivían seguramente en Kuwait, Omán o Arabia Saudita no como refugiados, pero sí como ciudadanos de segunda con sueldazo de ciudadanos de la diplomacia de la onu.

Yo insistí con la vaina hasta que el ladillao Waleed (porque para él, ese pasaporte azul escrito en español era lo que podríamos llamar un pasaporte a la libertad) consultó con sus sponsors. Los tipos le hicieron un riguroso interrogatorio sobre mí, porque cualquiera en su sano juicio hubiera agarrado sus dos lucas verdes y si te he visto no te conozco. Por otra parte un pasaporte venezolano era muy atractivo porque no despertaba ninguna sospecha, lo que hacía muy tentadora la oferta. Lo cierto es que un día me dijo que Arafat iba a visitar Polonia para abrir una embajada de Palestina, acto simbólico que querían hacer los polacos cuyo sistema “socialista” ya estaba en las últimas y todos, incluido Arafat, lo sabíamos. Podría ver de cerca de Arafat, bueno, no exactamente, me interrumpió Waleed, lo vas a saludar con tres besos como todo macho que se respeta y cada beso tenéis que decirle tales y tales (no me acuerdo, han pasado muchos años) cosas después de cada beso. Y así fue, colado entre el grupo de estudiantes palestinos, besé tres veces a Arafat.

Un mes más tarde vi cómo falsificaban mi pasaporte, cómo le cambiaban la foto, cómo le quitaban el sello a la foto mía y se lo ponían a la foto de Waleed, cómo despegaron la calcomanía transparente que recubría la página de los datos personales y la foto. Todo entre tragos de Jack Daniel’s y con mucha música en un apartamento lujosísimo que pagaba con petrodólares uno de los patrocinadores de la operación ilegal. Sin embargo lo que más me sorprendió fue que el falsificador era el más gris y pajúo y agüevoniao del grupo de los palestinos, todos le mamaban gallo, pero era un verdugo en lo de las falsificaciones y en ese momento todos lo trataban con mucho respeto. Terminada la maldad, el acaudalado palestino que debía pagar mis 80 machacantes me dijo que lo mínimo que él me podía paga eran 200 dólares y que con mucho gusto me daba los 2.000 ofrecidos antes de mi regateo y me los enseñó. Como era de esperar, el guevarista que algunos llevamos por fuera agarró los 200 verdes para no ofender y, antes de irme, el palestino me dijo muy en serio que desde ese momento éramos hermanos, que yo era palestino como ellos y me dio tres besos.

Waleed se fue para Suecia, apenitas llegó pidió asilo político y nunca más lo volví a ver, pero ese carajo es mi hermanito y lo que pasó en Gaza, no joda, me la hicieron a mí también, así que entiendan ese detallito porque me voy a poner odioso a partir de ahora. Por eso mismo es que esta crónica está tan seca y sin gracia: desde diciembre ando odioso con lo de Gaza.

Para empezar, hay palestinos y palestinos; los hay que viven en Gaza, en Estocolmo, en Buenos Aires, en Trípoli o en Jerusalén, porque en Israel viven palestinos también y militan en el “Partido Comunista Israelí”; los hay con cobres y los hay pobres y, entre ellos mismos no hay solidaridad porque la lucha es de clases; en Venezuela la diáspora palestina que tiene negocios explota a sus trabajadores de la misma manera que los productos que deberíamos boicotear “porque se fabrican con sangre palestina”, o algo así; esa diáspora millonaria que felicita a Chávez por romper con Israel convive con los escuálidos, tiene cachifas y educa a sus hijos en los valores del capitalismo y del consumismo; pero, ojo, también los hay pelando bola y matando tigres donde aparezcan, muy honestos, incapaces de explotar a otro ser humano, sinceros, buenos ciudadanos, en fin, palestinos chavistas. Yo me solidarizo solamente con los segundos, con los que son como uno, con los seguidores del Chino Valera Mora palestinos. En las marchas en solidaridad con el pueblo palestino uno ve entre los marchistas gente con cobres que sólo está al lado de los pobres del mundo, con los que quiero mi suerte echar, de manera si se quiere casual, porque ni ellos frecuentan los barrios de uno ni uno los centros comerciales de ellos. La lucha es de clases, claro que Sí.

Algo similar ocurre con la mayoría de nuestros diputados “socialistas” a la Asamblea Nacional: sus hijos viajan a Mayami, tienen cuentas en dólares, se pagan sueldos de la onu, en fin, viven en una perfumada burbuja de privilegios, pero a la vez son bolivarianos, guevaristas y hasta comunistas, que de sus propios labios lo he oído, qué asco. La lucha es de clases, en este caso lo peorcito de la clase política contra los sectores decentes de lass demás clases. Su contribución al pueblo palestino no es más que una condena, verbal y por escrito, a Israel. Deberían donar, cada uno, un mes de sueldazo de la onu a los panitas palestinos en vez de hablar güevonadas y firmar papeles con tremendos membretes y sellos muy parecidos a los de la onu.

Entre los palestinos que conocí entonces había un venezolano muy admirado. Se sabían su biografía con lujo de detalles: fecha y lugar de nacimiento, estatura, nombre completo y profesión de los padres… todo. Ese notable compatriota era nada más y nada menos que El Chacal. No voy a ocultar mi por todas partes manifiesta admiración por ese insigne compatriota, cosa un poco desagradable para el común, que rechaza el terrorismo y respeta las resoluciones de la onu. A ese mismo común, junto a las resoluciones de la onu, se las pasa por el culo Israel mientras aplica el terrorismo. Las resoluciones y los tratados que no consideran el envío de armas como humanitario deben ser irrespetados y enviarle a los panas palestinos armas pa que se defiendan y pa que recuperen sus territorios, para ellos los fusiles son tan necesarios como el agua, de la que por cierto, también los privan. Recuerdo que cuando la guerra en Nicaragua contra la rata pelúa de Somoza muchos gobiernos enviaron armas a los sandinistas, incluida la no menos pelúa rata de CAP. Si comparamos ambas guerras, de bolas que los palestinos se merecen apoyo militar para obligar al invasor a respetar acuerdos nuevos, por Dios que no sean los de la onu, o a irse para el mismísimo carajo.

Un elemento de la resistencia en contra de las agresiones de Israel desde la comodidad de nuestros aires acondicionados y ropita bonita, es boicotear algunos productos que financian algunas cosas que permiten el genocidio. Esas acciones de boicot tienen sus bemoles que las hacen desde la óptica de Gaza, pero sobre todo mientras bombardean, muy ridículas y hasta, lo que llamamos en Maracaibo, odiositas. Para empezar pareciera que el boicot dura mientras duran las agresiones; mientras el fósforo blanco cae en Gaza no se puede comer en Mac Donalds, no se puede usar Wella-Pon y otras prohibiciones más. De todo esto lo que causa más estupor en mi anémico corazón es cuando oigo que alguien dice que alguna cosa se fabrica con sangre palestina, les juro que a veces lo escucho. Hay, sin embargo, unos productos que parecieran ser imboicoteables. Nunca he escuchado sobre las relaciones que puedan haber (que las debe haber, nojoda) entre la Ford, la Chrysler, la GM o la Chevrolet con el gobierno israelí, al parecer hay un “con mi carro no te metas” que va más allá de la solidaridad con los palestinos, la verga tampoco es pa tanto. Siento una voz que me dice que los carros gringos son ensamblados con sangre palestina.

No dudo que alguna que otra compañía cervecera igualmente tenga suficientes manejos financieros con el Estado forajido de Israel como para ser boicoteables, pero la aplastante y arrolladora mayoría de nuestras filas revolucionarias no se anota en ese boicot ni que les bombardeen las casas a sus hijos. Uno los tiene que soportar en las marchas, recién bajaditos de sus camionetas 4x4, disfrazados de las versiones tropicales de Arafat con sus flamantes franelas del Ché, eso sí, pero con gomas Nike y ¡pantalones Levi’s Strauss originales! Ni siquiera tienen la delicadeza los marditos de comprarlos pirateados o chimbos.

Por cuestiones de trabajo me comunicaba casi diariamente por teléfono con una mujer que está en Gaza, durante los días del genocidio. Me contaba los horrores producidos por Israel, de las armas desconocidas que usaba y de la soledad de un pueblo que ve al mundo no hacer nada para detener esa masacre. La mujer se llama Ewa Jasiewicz y evidentemente no es palestina sino polaca y me dijo que está muy bien eso de organizar marchas y concentraciones en Copenhagen, Los Ángeles o Seúl, lo malo es que las bombas caen en Gaza y con esas marchas y demostraciones, muy solidarias y todo, no detienen todo el horror que siembra el ejército de mierda de Israel. Siempre me trató con cierta desconfianza hasta que un buen día le di una buena noticia (es en serio, en medio de un bombardeo constante, lluvia de fósforo blanco y armas desconocidas, se pueden dar buenas noticias): Chávez rompió relaciones diplomáticas con Israel. Se hizo un silencio del otro lado del teléfono y la pobre mujer no me entendía lo que le acababa de decir, así que se lo tuve que repetir tres veces hasta que lo entendió. Acto seguido se lo repitió varias veces en voz alta a los que estaban con ella y me dio las gracias.

Las siguientes llamadas me respondió con una confianza y una amabilidad que ni les cuento. Con lujo de detalles me narraba cómo estaba la situación y me transmitía noticias en pleno desarrollo, como dice el más fuerte que el odio y Blanca Eckhout juntos, Wálter Martínez. Por culpa de Chávez pasé de ser un carroñero de la información, de los que llaman, preguntan, escriben una nota periodística y se olvidan del sufrimiento transcrito, a ser un joven e intrépido reportero de Venezuela, el único país de este planeta de mierda que expulsaba al mardito embajador judío de Israel y rompía relaciones diplomáticas con los terroristas que le caían a bombas a Gaza diariamente. La pobre Ewa no entendía por qué Chávez tomó esa decisión, tan lógica por demás, si Venezuela no es un país musulmán, ni tiene relaciones “históricas” con Palestina, ni tiene problemas con los marditos sionistas y que debe tener mucho que perder por esa decisión, tan lógica por demás. Polaca y en Palestina, ¿haciendo esa pregunta? Por las mismas razones nos metimos muchos en este peo, por chavistas (no son suposiciones de este humilde servidor, la propia Ewa se declaró chavista de la línea dura). También podría decir que se venezolanizó porque de la manera más cándida me pidió, con el mismo tono ingenuo de mucha gente que logra comunicarse con La Hojilla®, que le arreglara una entrevista con Chávez…



miércoles 7 de enero de 2009

Roque Dalton porque sí

Hay un poeta salvadoreño llamado Roque Dalton que es considerado por muchísimos panas míos, que saben que jode de poesía, muy panfletario y, un poeta menor. He dicho que no me gusta la poesía, pero la de Roque Dalton sí. Eso confirma lo que dicen estos amigos míos, porque tampoco sé mucho de poesía que se diga. Recuerdo que a Lydda Franco no le gustaba y no me dejaba leérselo cuando le leía vainas.

De más decir que trato infructuosamente de copiarme este estilo y que publico a Roque con la excusa de que me gusta mucho para no escribir nada y quedar bien dentro de mi proverbial haraganería. Dilo, Roque:

Sucesos de 1969

A Ricardo Arrieta.

No es necesario jurar que lo que narraré aquí es un hecho realmente ocurrido. Los incrédulos podrán consultar los diarios salvadoreños del primer semestre de 1969.

En San Salvador hay un zoológico. Se encuentra en un parque más bien bonitillo en la zona sur de la ciudad. Como San Salvador debe tener cerca de medio millón de habitantes, el tamaño del zoológico -una superficie de unas cinco, seis, siete u ocho manzanas- es bastante satisfactorio, sobre todo si hacemos las comparaciones del caso con los zoos de otras ciudades mayores, el de La Habana, por ejemplo, para no ir muy lejos, que viene siendo una cagadita.

En el zoológico de San Salvador, en una jaula de la sección número uno de micos y monos, habita desde hace varios años un mandril bautizado por el público con el nombre genérico que a los mandriles suelen dar en varias zonas centroamericanas, es decir, Pavián. Lo que habla muy mal de la imaginación popular o muy bien de la haraganería salvadoreña, pues habría sido preferible un nombre más personal, más tibio o más emparentado con la historia del género humano. Pavián se hizo muy famoso entre los asistentes asiduos al zoo, por su desfachatada (y muy aplaudida) costumbre de mostrar su pene a las mujeres, actividad en que el feo animal ha mostrado una persistencia francamente pasmosa.

Hay que decir que el zoológico es uno de los paseos más concurridos de San Salvador, fundamentalmente porque para entrar en el y recorrerlo no hay que pagar un solo centavo. Los cines en cambio son carísimos, los teatros no existen y a los bares no puede uno llevar a los niños.

La concurrencia de la mencionada actividad erótico-animal, por un lado, y la afluencia del público al zoo, determinada por las condiciones sociales y económicas del pueblo salvadoreño, por el otro, hicieron de Pavián un ser famoso, como nunca antes lo fuera un mandril de la familia “Culo de guinda”.

En los meses de abril y mayo de 1969 aparecieron en la prensa diaria de El Salvador diversas informaciones acerca de la compra de nuevos ejemplares para el zoo salvadoreño, efectuada en diversos criaderos y zoológicos de los Estados Unidos, por el Director de aquél, un arquitecto de jardines cuyo nombre se me escapa por el momento. Entre los anunciados osos hormigueros, serpientes, druilas y cebras, llamó especialmente la atención la noticia de la compra de una mona mandrila, destinada -según declaración expresa y evidentemente orgullosa del director- a convertirse en la esposa de Pavián.

El diario El Mundo, Propiedad de una sociedad Anónima a la que Pertenecen algunos de los más importantes personajes del Gobierno salvadoreño actual, editado y dirigido por un joven poeta y escritor de cuentos de ciencia-ficción (que se graduara como abogado en Bologna, y fuera posteriormente diplomático por El Salvador ante te los gobiernos de Italia, República Federal Alemana, etc., lo cual habla de un nivel mayor que la simple alfabetización), tomo en sus manos la tarea de efectuar, en torno al simiesco enlace, lo que suele llamarse una promoción publicitaria.

Con tal objetivo, dicho periódico convocó a un concurso infantil (“exclusivamente para los niños salvadoreños”) consistente en buscar un nombre para la innominada prometida de Pavián. Entre los niños que coincidieran en proponer el nombre que tuviera más adhesiones, se efectuaría un sorteo y se escogería a diez triunfadores que serían convenientemente premiados.

Convenientemente para la tesorería de El mundo, digo yo, porque el mismo anuncio de los premios indicaba -según un nivel normal de apreciación- que la cosa no ameritaba mayores entusiasmos. El primer premio consistiría en una bicicleta mexicana, el segundo premio en un par de zapatos, el tercero en no se qué y ya el décimo venía siendo cualquier cosa, un tubo de caramelos o una suscripción a El Mundo por dos semanas. Nada de viajes a Europa con todo y familia, o casas de cien mil dólares o automóviles Mercedes Benz.

Duramente algunas semanas, El Mundo dedicó abundante espacio a informar sobre los avances del concurso. Un día se anunció que las reinas de belleza de varias entidades nacionales constituirían el tribunal de honor que haría el recuento de los votos para los nombres propuestos y que efectuarían en seguida el sorteo entre los adherentes al nombre ganador. Días después se precisó la fecha en que se anunciarían los resultados del concurso y los nombres de los triunfadores.

La repartición de premios se fijó para la mañana de un domingo de mayo que suelen ser espléndidos en El Salvador con un ceremonial a efectuarse precisamente frente a la jaula de Pavián y su esposa. La noche del sábado inmediatamente anterior, un conocido mariachi de San Salvador ofrecería una serenata a los nuevos cónyuges. Una serenata en privado, se puntualizaba. Inexplicablemente A menos que...

Por fin Llegaron los días esperados. En la edición correspondiente al sábado de la serenata, víspera de la premiación, El Mundo, anunció en primera plana, con caracteres de escándalo: “La Novia de Pavián se llamaría Reinalda, por mandato de los niños de El Salvador”. Al parecer los niños salvadoreños habían creído justo colocarle a la inmediata media naranja de Pavián, el nombre del personaje de la canción popular, bastante high camp a pesar de su contemporaneidad: Reinalda, la de la minifalda. El Mundo cerraba la información invitando a sus lectores para la ceremonia del día siguiente.

Yo, que me enteraba de todo este proceso precisamente por medio de las páginas de El Mundo, me sorprendí vivamente cuando a partir de aquella invitación, de un día para otro, desaparecieron todas las menciones con respecto al concurso y la ceremonia de premiación.

Sin embargo, me tranquilicé pensando que toda aquella actividad debió haber quedado tan pálida y grotesca a la vez, que habría caído en el mas total y merecido fracaso del mundo y que El Mundo, habiendo visto cumplidos sus propósitos publicitarios con el barullo armado desde sus páginas, había decidido olvidarse del asunto. Reinalda y Pavián -seguí pensando- pasarían de nuevo a la pequeña gloria dominical consistente en salpicar de erotismo primitivo el paseo finisemanal de las familias obreras y artesanas de San Salvador, sin saber que habían sido por algunas semanas, en las paginas de El Mundo los principales disputadores de espacio tipográfico frente a los colosales astronautas yanquis, las colosales matanzas yanquis en Vietnam y los colosales asesinatos de los drogadictos de Nueva York.
¡Pobre de mi, qué lejos estoy del corazón de mi patria! Por las informaciones de otros periódicos salvadoreños, cables de la prensa internacional, cartas de testigos presenciales y otras yerbas, pude enterarme de la verdad.

Al acto de premiación asistieron, de acuerdo con los datos proporcionados por la administración del zoo (cuya exactitud se debe a que, aunque la entrada es gratis, se extiende un ticket numerado a cada persona que ingresa), doscientas trece mil cuatrocientas cinco personas. Si hemos dicho que el zoo de San Salvador tiene una superficie máxima de ochenta mil metros cuadrados y que la mayor parte de esta superficie esta ocupada por las jaulas de los animales en exhibición, dispensarios de veterinaria, oficinas, un lago en cuyo centro surge una isla rocosa poblada de muchos otros monos, fuentes, juegos mecánicos para niños, expendios de comida o refrescos, etc., el tipo de apretujamiento humano que hay que suponer se dio allí podría ser un adelanto de lo que va a pasar en el mundo si no nos las ingeniamos para llegar por lo menos a Marte antes de cien años.

Resultados:

Un zoológico prácticamente destruido; un niño desilusionado regresando a casa con apenas el manubrio de una bicicleta que el señor Director de El Mundo logro lanzarle completa antes de que una ola humana se lo tragara y lo hiciera aparecer, desnudo ya, unos veinte metros al norte de la jaula de Pavián; veinte personas gravemente heridas a cuchillo cuando trataron de impedir por la fuerza que el ladrón que tenían al lado les llevara la cartera, el reloj y la chaqueta; treinta y tres hombres y mujeres noqueados por otros sendos ladrones que en lugar de cuchillo portaban cachiporras y garrotes; setecientas veinte mujeres de distintas edades, desnudadas en forma violenta, es decir, en uso del método de arrancarles la ropa, total o parcialmente; ochenta y cuatro mujeres violadas (cuarenta y una de ellas, previamente desnudadas en la forma anteriormente descrita; cuarenta y tres, sin desnudar); trece policías desarmados, despojados de sus botas, kepí, correaje o pantalones; siete personas (una señora de su casa, dos tenedores de libros, un sacerdote redentorista, una niña hospiciada y dos jugadores del fútbol del equipo “Lope del Río Sporting Club,” precisamente el defensa derecho y el interior izquierdo) muertos a pisotones por la multitud despavorida, momentos después de que algún chusco no identificado aún gritó: ¡Se escaparon los leones!; un estudiante muerto a tiros por la policía, estudiante al cual, se asegura en el parte oficial, se le encontró propaganda castro-comunista y un artefacto presumiblemente explosiva a juzgar por la forma, el tamaño y los ruiditos que emite; doce personas gravemente intoxicadas por picaduras de serpiente barba amarilla, cascabel, zumbadora, chinchintora y bejuquilla, a causa de haber caído contingencialmente en el foso de los reptiles; trece ventas de golosinas y refrescos borradas del mapa; trescientas trece personas capturadas como sospechosas de tratar de aprovechar el desorden para atentar contra la seguridad del Estado; un oso hormiguero, recién venido de Florida, muerto por falla cardiaca, en cuya adquisición (es decir, no de la falla cardiaca, sino del oso hormiguero) se habían invertido cinco mil seiscientos dólares en divisas del erario nacional, más de seis mil niños perdidos, de los cuales quedan en poder de la Policía ochocientos setenta y tres, para los cuales se ha tenido que erogar un presupuesto de emergencia, aunque se sigue confiando en que la responsabilidad y el amor de sus padres terminaran por hacerse efectivos en forma conveniente para todos; un supermercado de propiedad norteamericana incendiado, cuando la multitud había salido por completo del zoológico y comenzó a organizarse en forma más unitariamente destructiva, sublimando su nerviosismo en contra de grandes propiedades privadas que, una vez echado un vistazo alrededor, le parecieron de pronto ofensivas y culpables de todo; dos miembros del Partido Comunista de El Salvador expulsados sumariamente de la organización porque después del susodicho incendio comenzaron a gritar “A Casa Presidencial, a Casa Presidencial,” lo cual (independientemente de que fueran reducidos al silencio por una enérgica y bien coordinada acción de otros camaradas que por casualidad y felizmente se encontraban en las inmediaciones) comprometía al Partido en una acción típica de espontaneísmo pequeño burgués que no se podía quedar así.

Finalmente, tras la tempestad, vino la calma. Los ánimos se serenaron, las buenas costumbres se impusieron. Y la Virgen del Rosario bien contenta.

Pavián seguirá mostrando su pene color mandarina a las muchachas y, cuando reparen el zoológico, hasta los muchachos comenzarán también a llegar, displicentemente, para ver qué se va a dar Reinalda en ese terreno, inédito entre los espectáculos. Eso, claro está siempre y cuando la guerra con Honduras, que comenzó algunas semanas después de ocurridos los acontecimientos narrados en este poema, no termine por convertir al país en un zoo más apretujado que el zoo de San Salvador en la mañana del domingo que se llamó 25 de mayo de 1969.

viernes 2 de enero de 2009

recontrarrequetetrimardicientos caraqueños

Desde estas gloriosas páginas hemos denunciado los actos más miserables, escabrosos y remarditos de algunos personajes y personeros de la vida nacional contemporánea y pretérita, recordad que Obando, el asesino de Sucre, fue rescatado del anonimato desde estas, no me canso de repetirlo, gloriosas páginas. Hablamos de los celulares y revelamos que ni movilnet, tan chavista y bolivariana, cumple con la constitución de la república mesma. Develamos la verdadera historia del despojo de que son víctimas los yukpas y baríes a 10 años de revolución y es sabido que con los ganaderos no se juega, los marditos matan al que sea por menos (los de La Mancha ® lo reprodujeron violando los derechos de autor adjudicánselo a un tal Alberto Bustos, cuando es bien conocido que fue plagiado por Alberto Carlos Bustos). Propusimos en su momento cambiar el día de la mujer para la fecha natal de mi por siempre y para siempre amada Yulimar Reyes y darle trabajo al marido de Íngrid Betancourt. Buscamos un abogado a través de este humilde blog para resolver lo de canar seta y ninguno, hay que reconocerlo para escarnio de tan escabrosa profesión, dio un paso al frente… qué no hemos hecho desde acá y nunca, pero nunca, nadie ha tomado represalias en contra de ningún miembro conocido del equipo de Marditos Todos ™, hasta que se nos ocurrió hablar de los caraqueños.

Qué gentecita ésta. Mi ex amigo Rafael Gómez (con los Gómez que he conocido en mi vida, no sé por qué, siempre termino en La Rotunda), mi querido ex hermano de hace tantos años, se arrechó tanto por el contenido del artículo, que el otro día me lo encontré en Parque Central y azuzó el fiero perro de raza pitbull que posee para que me destrozara cual Tamanaco del siglo XXI; lo mismo hizo su hijastra, con la diferencia que ella tenía un dogo napolitano. Huí por las escaleras eléctricas y por mi vida y, todavía no entiendo cómo me salvé de sus afilados colmillos (me refiero a los colmillos de los fieros canes, no de los horribles humanos que los disociaron). Francisco Issa creó un grupo en el cara e libro llamado “A que encuentro 3 millones de caraqueños que odian a Alberto Carlos Bustos” y en sólo dos semanas pasó el millón y medio. En Ávila TV ponen mi foto junto a la de Ledezma, y, una muchacha que se llama Mauryn y trabaja en ese canal, me echó la maldición de los raquelos. En fin, la libertad de expresión existe en Caracas siempre y cuando no se hable la cruel verdad de lo que son los caraqueñitos de mierda. O de lo que comen.

Donde la cosa se puso fea de verdad verdad, más fea incluso que el encuentro con los canes de Rafa Gómez, fue en mi propio sitio de trabajo. No sé cómo, pero unos personajes oscuros y balurdos que apenas nombré en la crónica pasada; se creyeron las protagonistas porque al “leer” su contenido, lo medio entendieron y me la aplicaron de una manera que sólo se puede calificar de caraqueña. En el ministerio donde trabajo hay departamentos y este servidor ha trabajado en dos de ellos. La gente de cada departamento se tiene arrechera entre sí y los departamentos también se odian recíprocamente, lo curioso es que todos ahí decimos ser chavistas. Por haber paseado mi alma por dos departamentos tengo panas en dos sitios distintos del ministerio y a veces conversamos; casi siempre almorzamos juntos, que fue otra de las quejas que se han divulgado en este humilde sitio güeb: recién llegado a Caracas City comía casi todos los días solo y los panas del departamento donde trabajaba me acompañan a papear como para expiar culpas. La jefa de ellos, una persona muy horrible y mediocre, les dijo que no conversaran conmigo en mi departamento y de paso me prohibió acercarme al departamento en el que sin hacer nada útil (cómo será de mediocre y hará cosas inútiles que lee este blog en su oficina y le prohíbe a sus actuales subalternos que la vean) se gana un sueldo de los buenos. Las miserias humanas de esa tipa son de tan buena calidad que le dice a todo el que lo quiera oír que mis problemas dentales son un invento mío para agarrarme un día libre para viajar a Maracaibo, lo que no dice es que siempre llevo mis constancias médicas, ni que en la foto desdentado del final de esta bella página no está intervenida por ningún fotochop.

Mi actual jefa, apenas nombrada en el pasado, me sorprendió con su actitud desproporcionada, inmadura y mísera. Primero me envió un mensajito por teléfono reclamando un error garrafal e imperdonable en el trabajo, luego me envió un correo electrónico ladillando con el mismo temita, como si no me fuera a ver más nunca en la vida y ésa fuera la única forma de comunicarse; después me formó un verguero de esos que llaman en estas regiones “armá un peo” delante de todo el personal que estaba en una hora pico en el ministerio. Piensa que con esa bobería va a lograr algo que no sea una acidez, una cana o seguir poniéndose cada día más fea. Todos los presentes durante la lluvia de insultos me expresaron más tarde su solidaridad de clase por la pérdida de clase de mi superior inmediata, además destacaron mi comportamiento sereno como Urdaneta. Más tarde trató de que me amonestaran por escrito o algo así para crear un ambiente adverso a mi desempeño laboral para que me enviaran derechito a engrosar las cada vez más bajas cifras estadísticas de desempleo; para ser sincero, esto era lo que me parecía por mal pensao que soy, no tenía ninguna prueba. Mis malos pensamientos fueron, sin embargo, comprobados cuando me llamó a su oficina.

En casi un año que llevo trabajando en el ministerio era la primera vez que me invitaba a conversar y hasta me dijo que me sentara (esa cortesía no se ha vuelto a repetir, cosa que me agrada porque Los Aburridos morimos de pie, sino que me desmienta mi compadre Withfáther), aclaro que lo de conversar se refería a que ella iba a hablar y yo estaba invitado como oyente. Ahí dictó cátedra de temas profundos y de interés nacional para terminar concluyendo que la solución a todos los problemas de Venezuela y casi todos los de la humanidad era que o me iba del departamento o me iba del ministerio, que qué prefería yo. Preferí que ella hiciera lo que prefiriera, así que quedamos en que le iba a hacer un informe al viceministro y nos reuniríamos con él para ver qué preferiría hacer con mi estabilidad laboral.

La reunión en cuestión no se dio y estoy seguro que no fue un acto de clemencia sino lo que los abogados llaman eufemística y sarcásticamente un expediente mal elaborado. El hostigamiento tomó entonces la forma de un verguero de trabajo desde la llegada hasta la hora extra que le hacen trabajar a los pelabolas de tercera categoría como yo. Como Aburrido que soy, debo poner siempre en alto el nombre del Rincón de los Aburridos, así que hice mi trabajo sin chistar y sin protestar de la manera como mi jefa, después de 10 meses de trabajo, me exigió que lo hiciera. Es ésa la razón por la que tenía abandonada esta bitácora cibernética: me la paso mamao y ladillao por el verguero inmenso de trabajo que me ponen, pero sucedió algo que me hizo sacar fuerzas de donde casi no tengo, para contarlo.

El otro día dieron unas órdenes que implicaban realizar un trabajo imposible de hacer en una semana, lo curioso es que me avisaron el martes en la tarde y esa semana terminaba el viernes aunque no empezara el lunes. A eso le agregamos que me pusieron a hacer otras cosas de otro departamento y las personas que tenía que contactar para realizar el trabajo no aparecían. Total, que como todos esperábamos, no tuve listo el encargo para el viernes. El sábado siguiente teníamos trabajo en el ministerio. Cuando llegué la saludé con mi tradicional cortesía y ella me miró con una alegría, con una felicidad, con una satisfacción, que su cara era un poema. Los ojos le brillaban del beneplácito que la iluminaba toda, estaba tan en la gloria que ni me respondió el saludo sino que me dijo la frase que (lo puedo asegurar por la forma en que la dijo) más le quería decir a alguien. Es más, puedo asegurar por muy disparatado que parezca que sonrió, al decirme: “ah, mira, como no me entregaste el trabajo que te pedí, el lunes paso un informe negativo”.

Uno que es guevarista y buenmozo, como diría el Chino Valera Mora, se alegra cuando se realizan este tipo de milagros que contentan tanto a nuestros camaradas de lucha (la jefa es chavista y socialista aunque lo disimula muy bien) así sea a costa de pequeños sacrificios personales y, eso de hacer sonreír al Grinch, no tiene precio.

Me despido con un poema de Valera Mora ya que, como en esta crónica no empleé mi dominado y magistral salto de párrafo, emplearé la del colofón ultroso y ñángara que, en esta ocasión de estreno, dice así:

En cambio uno que es terrorista y buenmozo
y cuestionador y buenmozo y guevarista
y buenmozo y buenmozo y triste en su recuerdo
y douglista y más buenmozo cada día y así es uno
y todo este asombro es ahora mismo
y uno que no se cansa de decirse
si las montañas toman las ciudades
el mundo le va a quedar chiquito a la hermosura.

lunes 29 de septiembre de 2008

marditos caraqueños

Cada vez me convenzo más de que los maracuchos somos una raza. Una muy rara (peculiar sonaría mejor, pero con la terminación de la palabrita, uno que es maracucho, la evita) por cierto. En todo el territorio nacional, exceptuando er sulia, por supuesto, nos dicen que los tenemos invadíos y yo les respondo que les estamos sacando las patas del barro, frase manida y adocenada, por cierto, que repetimos todos los maracuchos que vivimos en la ciudad capital, y uno se pone a ver la vaina y como que sí, por muy pedante que parezca. Somos muy pasaos e indiscretos, más ruidosos que una olleta e gallitos y extremadamente informales. Si eso es malo o bueno no es un tema interesante para estas tan aburridas como gloriosas páginas, lo que sí es cierto es que a la gente hay que quererla como es.
En Caracas de entrada desconfían del maracucho y lo tratan como a un malandro y lo consideran un vago. Esto era lo que me parecía a mí en un tiempo que trabajé para una institución caraqueña en er sulia (por cierto, dicha institución, el IPC, está envuelta en un halo de escándalo que sólo farruco y el Chema Rodríguez entienden), y ahora, que trabajo para una institución caraqueña, en Caracas y contra mi voluntad, lo certifico. Estos caraqueños son unos marditos (aclaro que no todos los caraqueños, tengo algunos panas que son como uno, venezolanos, gente de pinga, como somos los venezolanos y no como los maracuchos y los caraqueños. En lo personal, cuando me encuentro con un caraqueño mardito suelo ser un maracucho trimardito y hay que ver lo que es eso), ojalá que los invadan los maracuchos.
Los maracuchos en el exilio, aclaro que para mi gusto vive demasiado poco venezolano en Caracas, en el exilio, vuelvo y repito, somos más solidarios que el coño entre nosotros, para empezar porque tenemos que aprendernos nuestros nombres, habrase visto a un maracucho llamando a otro maracucho “maracucho”. Los caraqueños el único nombre que le ponen a uno es ése: maracucho. La falta de imaginación que tienen esos bichos es proverbial. Llevo trabajando en un sitio, aquí en el exilio, más de seis meses y un verguero e gente no sabe cómo me llamo y mi nombre, Alberto, no es raro al igual que mi segundo, Carlos, mi apellido, Bustos, tampoco es una vaina desconocida, a lo mejor no muy común, pero existe. En este sitio trabajan como seis Albertos más y a todos les ponen una marca para diferenciarlos, que si Alberto P o Alberto Díaz o Alberto N, pero yo soy el maracucho y muchos no saben cómo me llamo. Marditosesos, como dice mi abuelita cuando se arrecha.
La otra vez viendo el carelibro me encontré con un grupo que se llamaba, por cierto, maracuchos en el exilio o algo así y resulta que la administradora es una compañera de trabajo mía cuyo nombre no revelaré (no pertenece al selecto círculo de 17 güevones que pierden su tiempo paseándose por estas gloriosa páginas), y en el grupo en cuestión había un desgarrador testimonio de otro exiliado que contaba que aquí le tocó vivir en condiciones de hacinamiento muy marditas y tenía que dormir algunas veces en la oficina en un saco de dormir porque no soportaba el apretujamiento doméstico y en el trabajo nadie le tendió una mano amiga tipo, no, chico, venite pa mi casa, ahí tengo un cuartito donde te podéis quedar mientras tanto y yo te ayudo a conseguir un sitio decente, como le hubiera ocurrido en Maracaibo a cualquier mardito caraqueño. No sólo no lo ayudaron nunca sino que le mamaban gallo por su precaria situación…
Este final, con esos puntos suspensivos fue realmente conmovedor, una variante de mi dominadísima técnica de saltar pal otro párrafo, representa un adelanto espectacular en mi técnica grafománico-escatológica. Donde trabajo hay unos coños que ni me saludan y la razón de tan inusual comportamiento me fue revelada por otra compañera de trabajo cuando le pregunté porque una persona en especial me tenía tirria sin ni siquiera conocerme: es que a esa coña le caen mal los maracuchos, fue su respuesta tajante. Esta versión, en un principio inverosímil para mí y hasta banalizada por este servidor, fue corroborada por todos los maracuchos que les sacamos las patas del barro en nuestro espacio laboral, que dicho sea de paso es en muchas cosas y en todas las apariencias chavista.
Casualmente todos mis panas caraqueños son chavistas, en serio, todos todos. Entre chavistas uno está más pendiente de otras vainas que de joder al prójimo. Además el argumento de que el regionalismo lo confunde el ciudadano gobernador con separatismo, por lo que el regionalismo es escuálido de la tendencia ilustrada, que es la que encabeza el filósofo discipulo de Montes Quiú, entonces dejan el chistecito regionalista, la mariquera y cambian el tema. Claro, tampoco me refiero a todos los chavistas, en nuestras filas hay tanto adeco de boína roja como caraqueño, así como entre los caraqueños hay marditos caraqueños también hay caraqueños venezolanos, qué verguero al mezclar gentilicios con tendencias políticas, porque además tengo panas maracuchos que son escuálidos, tanto en Caracas como en Maracaibo.
Mi compadre Godfáther, estudioso y tal, ya me hubiera dicho que lo cultural también juega un papel fundamental y que el peo no es económico sino cultural, pero con todo el nivel cultural que tienen unos panas que viven en Maca, Petare (zona aceptada como mardita, marginal y peligrosa), me invitaron pa su casa el 31 de diciembre y recibí el año lo que se dice machete.
A los caraqueños los he ido aprendiendo a conocer desde mi puesto de trabajo y el aprendizaje ha sido duro y coño e madre. He tenido tres jefas, de las cuales una era de pinga y casualmente no era caraqueña, era de Táchira, sitio donde nos tienen con mucha razón mucha arrechera y el trabajo fluyó muy bien. Las otras dos son unas marditas, pero de las dos una merece lugar privilegiado en el jol de la fama de la mediocridad y la bajeza caraqueña. Además es tan fea que casi iguala a queila y quenia de canar seta. Es horrible la mardita, tiene una nariz que recuerda aquel poema del maestro del siglo de oro español que decía que érase una anoréxica a una nariz pegada. La coña es tan mardita, que cuando se fue la jefa gocha (no le perdono que se haya ido y dejarnos en manos de esta mardita horrible y pavosa caraqueña) y anuciaron su nombramiento para el cargo vacante casi todos los presentes al unísono se pusieron las manos en la cabeza y pegaron su respectivo grito colectivo al cielo.
Los caraqueños tienen un peo con lo de la comida, todo el tiempo comen o están con hambre. Por ellos se puede caer el mundo, con tal que no sea en las horas del almuerzo. Otra cosa que tienen, pero que es muy desagradable, es lo que llaman “armá peo”. Eso es algo que va más allá de la discusión y el regaño. El mecanismo es el siguiente: un caraqueño amanece de mal humor, entonces en el trabajo le “arma peo” a los subalternos: lo he visto con estos ojos llenos de asombro por las cosas que he oído: por la décima parte de eso en Maracaibo por lo menos una coñaza hay y se han visto casos de muertos y todo. Aquí todo el mundo anda pemndiente de a quién armarle un peo, qué peo.
No voy a negar que Caracas tiene su encanto dentro una lógica normal, sobre todo para los caraqueños. Uno camina por el centro y se pasea por sitios donde se hizo mucha historia de Venezuela, que si aquí vivó El Libertador, que si por allá se firmó el Acta de independencia y cualquier otro hecho decisivo para el resto del país. Aquí también se fraguaron crímenes y se tomaron decisiones de las más remardecías, no vayan a creer, y tuvieron también un impacto remardito. Lo que pasó aquí en febrero del 89 fue una vaina que debería ser más investigada y contada: muchos de sus protagonistas, de lado y lado, están vivos. Lo que me han contado es espeluznante, a pesar de lo feo que suena la palabreja espeluznante. En esta ciudad uno se da cuenta de qué lado hubiera estado en todos los hechos que cambiaron el curso de nuestra historia (esooooo, puro viajando con Maltín Polar).
En Caracas las panaderías cierran los domingos así como gran parte del comercio, en Maracaibo los marditos comerciantes no cerraron ni cuando el paro de Ortega. A los maracuchos, a pesar de que en Maracaibo no para el ritmo jamás, nos consideran haraganes y flojos maracuchos del coño.
Viviendo en Caracas tengo la oportunidad de conocer y tratar a gente muy de pinga, como es el caso de Luis Palencia, un malandro que da clases en la universidad, o a los Pelúos sin Curita, que son unos carajos que están bien locos y salen en la tele o conversar con el sempiterno dictador de la comunicación alternativa Oscar Sotillo Meneses. Todo maracucho que pasa por Caracas es atendido por un ídem que viva en ella. Cuando los del Movimiento estatuista de Maracaibo fueron pa Argentina fueron atendidos por este servidor y hasta mi cerveza tuve que pagar, porque lo que tienen de estatuas lo tienen de miserables los marditos; Audio Cepeda, mi ilustre y excelso maestro, que también es un malagradecío, casi nunca me avisa cuando viene, pero lo he visto un par de veces y han sido encuentros muy educativos para mí. Una vez me encontré como a 10 profesores de la UBV Zulia y lo que bebimos fue Regional de la negra.
Caracas tiene, para mí, dos cosas realmente arrechas. Una es un busto de bronce del pavoso y menopáusico maestro Billo que está como a treinta metros de la Asamblea Nacional y, que alguna mano caritativa y vengadora le pinta los ojos y los dientes con tiza blanca. Cada vez que lo veo me cago de la risa y me siento reivindicado. La otra es que en esta mardita y caótica ciudad vive mi hermanito del alma Franco Baralt y encontrarse con ese carajo pa hablar güevonadas frente a unas cervecitas es algo que no tiene precio.

lunes 8 de septiembre de 2008

Alfínger, la muerte y Chávez

Hay una historia medio agüevoneada que dice que tal día como el 8 de setiembre fue fundada la ciudad de Maracaibo. A alguien se le ocurrió que el Meisser Ambroius Ehinger, mejor conocido como Ambrosio Alfínger, fundó alguna verga ese día, hace tantos años como 479. Lo cierto es que la leyenda cuenta que fue en 1529.
Ambrosio nació en Alemania en los albores del siglo XVI y siempre me he preguntado si el sector de Cabimas llamado Ambrosio le debe tal toponimia al mardito Alfínger. Era banquero, cosa que habla muy mal de él por cierto. Lo cierto es que vino a dar a lo que más tarde sería Maracaibo, exactamente por lo que es hoy en día Puente España, por Las Playitas. Resulta que ahí vivían unos hermanos indígenas de lo más tranquilos y felices: basta imaginarse ese paraje virgen, con las aguas cristalinas y no con el olor a mierda que lo caracteriza hoy en día. Los habitantes de entonces, cuando llegó el teutón a invadir, tenían viviendo en Puente España la bicoca de 20.000 años. Mardito aventurero, menos mal que lo encontró una muerte muy coña e madre, contada magistralmente por mi admirado Herrera Luque en su libro La Luna de Fausto, léanlo y culturícense; de paso se vacilan un libraco como pocos.
Los motilones con los que se encontró Alfínger eran de los malos, así que en poco tiempo se enemistaron y se formó el verguero. Los alemanes, dignos antepasados de Jítler, destruyeron las enramadas, bohíos y bungaloos de los verdaderos dueños dada su superioridad tecnológica en cuanto a armamentos y la disponibilidad de caballos. Los motilones, malísimos entonces, no dejaron en paz a los germanos y éstos tuvieron que recoger sus bártulos y pintarse de colores a Coro. En el año de 1535 ocurrió el éxodo de apenas 30 familias que lograron soportar el asedio y la ladilla de los verdaderos dueños de Las Playitas. En pocas palabras, hoy alguna gente celebra no tanto una fundación como una destrucción: La Destrucción de Maracaibo.
En el año 1569 es refundada como Ciudad Rodrigo por el capitán Alonso Pacheco. Los motilones, incansables en su lucha, los hicieron ir a flecha limpia también.
Cinco años más tarde, en 1574, Pedro Maldonado rerrefunda la ciudad con el nombre de Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo. Lo de “Nueva Zamora” es uno de los primeros actos de jalabolismo del Nuevo Mundo. Maldonado le puso ese nombre para congraciarse con un gobernador llamado Diego de Mazariegos, nativo de la ciudad de Zamora. Me pregunto si la segunda fundación, la de 1569, cuando le pusieron Ciudad Rodrigo no sería por jalarle bolas a Rodrigo Cabezas.
El origen del nombre es otro misterio. Circulan las versiones de “Mara cayó” y la del “lugar donde hay muchas serpientes”. Ninguna me parece fiable porque los hermanos indígenas no hablaban español, ni se sabe en qué basan las traducciones de lenguas muertas, porque lo que hizo la rata pelúa de Alfínger no tiene parangón, ese mardito era un azote de barrio y un asesino en serie, en serio.
Los piratas también hicieron su agosto por el lago de Coquivacoa. Llegaron hasta Gibraltar, donde saquearon la iglesia. Lo que pasó en ese entonces lo cuenta mejor mi compadre Miguel Ángel “Godfáther” Campos en su libro “La ciudad ve el hada”, y cuenta cosas tan horribles que no me atrevo a repetir.
En 1810 lo que pasó en Maracaibo no tiene nombre. La Junta Patriótica de Caracas envió embajadas a todas las provincias notificando a las autoridades lo que estaba pasando en Caracas y los instaban a unirse a la independencia de los marditos españoles y canarios. Los que llegaron a Maracaibo fueron apresados, humillados, vejados, encadenados y enviados a Puerto Rico para unas mazmorras de muerte lenta. Los escuálidos siempre han sido así de marditos, desde la independencia mesma, yo que se los digo.
En Maracaibo los poetas son de primera, eso no hay quien no los quite. Los poemas de Udón Pérez, de Yépez, de Marcial Hernández. La Historia de Venezuela y las investigaciones filológicas de Baralt son lectura obligada para el socialista del siglo XXI. Pintores arrechísimos, que no voy a nombrar porque casi todos están vivos y alguno que otro es pana, aunque ninguno lee el blog. Nombraré a Julio Árraga, a Paco Hung o a Emerio Darío Lunar, casi ninguno maracucho, pero casi.
Cada quien habla de su terruño así, que si los músicos, que si los bardos… por lo que dejaré de hacerlo y me referiré a lo que en verdad iba a decir. Tal día tan controvertido como el de hoy, que aún no ha terminado, se murió Vidal Chávez. La pelona eligió el día de la primera supuesta fundación de Maracaibo para llevárselo. Analizando la vaina llego a dos conclusiones: que lo hizo este día pa demostrar que tiene más humor negro que Vidal, cosa que, dicho sea de paso, estuvo de más. La otra es que más allá de la causa, la muerte, como escuálida que es, le hizo otra vez una segunda a Manuel Rosales y le quitó esa ladilla china de encima.
Mardita muerte, ojalá que se muera la mardita.