viernes, 2 de noviembre de 2007

Súper Sucre




Mis champúes de cultura incluyen lecturas de historia y vidas, proezas y milagros de nuestros próceres. Ésos que nos dieron patria. En la librería que está en el Teresa Carreño me encontré un libraco de la colección Ayacucho intitulado “El Washington del sur”. Las comparaciones son odiosas, pero este autor se pasó, puesto que se trata de un libro sobre el compatriota Mariscal de Ayacucho. La historia sin embargo absolvió al insolente exegeta: en Ecuador la moneda se llamaba sucre y ahora circula el dólar gringo con el retrato del Sucre del norte por un lado y el in gad güi trost del otro. A pesar del odioso título, el libro es más bueno que el carajo y más curioso aún. Contiene un montón de documentos que prueban algunas de las hazañas del prócer. Me llamó la atención una carta en especial que no voy a comentar porque la reproduzco íntegra más un comentario del autor del libro. Sólo diré que se la di a leer a una pana que es feminista y se debe haber leído toda la obra de Adriana Falachi y Simón de Bobuá pa ver qué me decía. La empezó a leer. Al rato, cuando le pregunté que qué le había parecido la misiva, me contestó que se había quedado dormida.



EL GENERAL SUCRE Y LA MONJA DE SANTA MÓNICA
Como nos aproximamos ya rápidamente al desenlace de la admi­nistración paternal de Bolivia por el general Sucre, debemos consignar también aquí un rasgo de su gobierno, que su secretario relata con par­ticular fruición, publicando el siguiente curioso documento, que él ha podido conservar inédito en su archivo durante cerca de sesenta años.
Es la petición que una monja arrepentida del convento de Santa Mó­nica de Chuquisaca le dirigió desde el claustro de su angustiosa y forzada cautividad, la cual, en un lenguaje digno de Eloísa, dice de esta manera:
“Excelentísimo señor general Libertador Antonio José de Sucre.
“Venerado Padre de la Patria:
“Desde la tumba de inocentes e indiscretos seres; desde el solita­rio recinto de un funesto claustro, albergue sólo de la inocencia, y para mí cubierto de las horrendas sombras de la noche del pesar, del horror y del tormento; de entre estos muros espantosos, cuya vista recuerda sin cesar al alma mía que, nacida libre, sociable y señora de sí misma, para huir del mal y buscar mi dicha, sufro un cautiverio espantoso en el reinado de la libertad, y arrastro una cadena, cuando en el último ángulo del continente sólo existen fragmentos de las que oprimían al Nuevo Mundo, yo me atrevo a elevar mi clamoroso ruego, acompañado de torrentes de lágrimas; me atrevo, digo, a elevar a los piadosos oídos de V. E. las quejas de una víctima del fanatismo, de la violencia, del respeto, del engaño, de la inexperiencia y de la debilidad; y me es lisonjero esperar de un héroe que ha consagrado su vida, su sangre, sus intereses y quietud a la libertad de la patria y al bien de los hijos de América, que no se desdeñará de echar una mirada de compasión sobre la más desgraciada de los mortales.
“En la tierna edad de quince años, cuando la débil voz de mi razón apenas bastaba para conocer mi propia existencia, incapaz de calcular mis verdaderos intereses, ni de pesar el valor y arduidad de los tremendos votos que emiten al Señor las vírgenes que se consagran a la solitaria vida del claustro, una monja, con ascendiente sobre mi espíritu, por el respeto que inspira la edad, el hábito religioso, la idea de la santidad y por la gratitud que debía a sus caricias y beneficios, empezó la obra fatal de conducirme a la habitación del dolor y de la desesperación misma; ella me presentó las sendas del claustro cubier­tas de flores y de los encantos de la paz y de la dicha; pero me ocultó las punzantes espinas que deben arrancar lágrimas de sangre a las almas que no poseen un temple heroico, capaz de sobreponerlas a los más fuertes impulsos de la naturaleza; ella calló que una alma no persuadida e incapaz de ser humana y elevarse a la perfección de la vida monástica, era condenada en los claustros a llamas devoradoras, a tormentos atroces; ella calló que fuera de los claustros se puede, tanto como en ellos, agradar al cielo, y agradarle sin perjuicio de la natura­leza: sin luces, sin experiencia, tímida, llena de prestigios y promesas, no cumplidas hasta el día, tuve que ceder aun cuando una imperiosa voz me decía desde lo más profundo del alma: ¿qué haces? ¡detente! Presté, pues, un sí fatal; pero acercándose el día horrible de mi profe­sión, manifesté a mi madrina, la señora doña Mercedes Gil, mi absoluta repugnancia; la manifesté también a los ministros del Altar que diri­gían mi conciencia: mis lágrimas, mis sollozos, mi gemir continuo, así lo publicaban; pero por causas que aún debo callar, víctima desgraciada, fui conducida al altar del sacrificio. El Padre de los seres, ese justo Dios a quien yo no puedo engañar jamás, sabe que, en quince años transcu­rridos desde entonces, el coro, el claustro, la ófrica celda, han sido otros tantos lugares donde, en vez de los cantares que les dirigen las vírgenes libremente comprometidas, yo no he hecho sino derramar lágrimas y apelar a su misericordia de la violencia y de las leyes violadoras de la naturaleza, que me han impuesto un yugo que detesto, y privándome de servirle y de servir a la sociedad fuera de estos fatales muros. Mis confesores, todas las monjas y las personas del siglo que han merecido mi confianza, todas saben, señor, que no he dejado de mirar el hábito que visto como santo y dichoso para ciertas almas, pero como un ger­men de desgracias para mí ¡Ah, quién me lo diría!
En este estado, para no concluir mis funestos días en la deses­peración; para no atacar por mí misma una existencia abominable, mientras es con tanta opresión de mis derechos, inclinaciones y sen­timientos; es al héroe de Pichincha y Ayacucho, al que venció los déspotas porque no hubiese tiranía, al que defendiendo la libertad y los derechos de la Naturaleza, al que allá en su corazón ha hecho juramento solemne ante los hombres de proteger al afligido, al que ha comprobado que posee una alma justa y sensible, a él es, señor, ~ quien apelo, y ruego por la presente que, consultando sus profundas luces y la ley salvadora que se ha publicado, preste un remedio a quien protesta probar cuanto expone y a quien, si logra romper sus cadenas, será eternamente reconocida a V. E.; de lo contrario, está resuelta a ser la víctima del claustro.-INÉS”.
No necesitamos agregar que el general Sucre accedió a las súplicas de la martirizada monja de Santa Mónica, de Chuquisaca, que si no había sabi­do arrepentir a un San Agustín, se había arrepentido a tiempo a sí propia.
“La lectura de tan sentido escrito -dice el secretario que tan románticamente lo ha conservado- no dejó de impresionar el ánimo del general Sucre, y lo decidió a proteger con la ley a esa compasible víctima de la inexperiencia. En consecuencia de ello, y practicados los trámites prescritos por la ley de secularización, se abrieron las puertas del monasterio a la cautiva del claustro, y complacida salió a gozar de su libertad y derechos, bendiciendo al Congreso y al Gobierno; así lo acreditó, llevando en el siglo vida ejemplar”.
Cuando leí esto lo primero que se me vino a la mente fue Súper Sucre. Un súper héroe, con su capa y los interiores por fuera como súperman. Con unas patillotas como en los retratos. En fin, el deshacedor de entuertos de Cumaná.

1 comentario:

cano dijo...

Al pasear por las calles de Sucre, en el Departamento de Chuquisaca de la Bolivia Bolívar que he caminado junto a Lucía he sentido un inmenso sentimiento pleno de amor por saberme compatriota de José Antonio, este digno y fiel hombre de Cumaná.
Impresionante la carta de esta mujer esclava de claustro. Debo decir que intuía que en esa ciudad blanca, colonial, católica había miles de historias bañadas por la luz libertaria de esos años. Lo que me asombra, estimado Carlos Bustos, es que me has hecho volver a pasar por el corazón a la mujer de las trampas de la fe. Recordada Sor Juana Inés de La Cruz

Que se abran los espacios que apuestan por encierros de los cuerpos, que se abran los cuerpos que arrinconan las almas a incoherentes designios.

Que susto lo del choque compa. Por ahí dice una valla "El Alcohol y el Volante son malas juntas" entendiendo que la amiga Yanilú no estaba bebida. Lo de la "ñ" creo haberlo aprendido, pero eso es lo de menos!!!

Suerte y seguimos leyéndonos.

Cano.